«Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro (aunque nos vayamos a morir) —dijo El Principito»
lunes, 14 de octubre de 2013
Para hacer el retrato de un pájaro de Jacques Prevert (Francia)
Para hacer el retrato de un pájaro
Pinta primero la jaula
con una puerta abierta.
Pinta después
algo bonito,
algo sencillo,algo bueno,
algo útil
para el viajero.Apoya después la tela contra un árbol
en un jardín,
en un parque, en un bosque.
Escóndete detrás del árbol
sin decir nada,
sin moverte...
A veces el pájaro llega pronto,
pero también podría tardar muchos años
antes de decidirse.
No te desanimes,
espera,
espera durante años si hace falta.
Cuando el pájaro llegue,
si llega,
guarda el más hondo silencio.
Espera a que el pájaro entre a la jaula,
y cuando haya entrado,
cierra con tu pincel la puerta suavemente.
Después
borra uno a uno los barrotes,
y ten cuidado de no tocar ninguna de sus plumas.
Haz luego el retrato del árbol
escogiendo para el pájaro
la más bella de las ramas.
Pinta también el follaje y la frescura del viento,
el polvo del sol
y el murmullo de los insectos al calor del verano.
Y luego espera a que el pájaro se decida a cantar.
Si el pájaro no canta
es muy mala señal:
señal de que el dibujo es malo.
Pero si canta es buena
señal de que ya puedes firmar.
Entonces desprenderás muy suavemente
una de las plumas de su cuerpo
y escribirás tu nombre en una esquina.
Jacques Prévert. (Francia)
A mi propio poema- Wislawa Szymborska (Kórnik, Poznan, 1923.)
A mi propio poema
En el mejor de los casos
serás, mi querido poema, atentamente leído,
comentado y recordado.
En el peor de los casos
sólo leído.
Hay una tercera posibilidad:
aunque escrito,
un instante después arrojado a la papelera.
Puedes optar aún por utilizar una cuarta salida:
desaparecer no escrito
ronroneando satisfecho algo para tus adentros.
Wislawa Szymborska
Poema Sobrevivir a la soledad de Edwin Rendón
Sobrevivir a la soledad
Distraerla con juegos literarios,
ver una película de los Hermanos Coen,
planear una clase de mitología.
Entretenerla,
tirarle un hueso,
contarle un cuento…
Que la soledad no se entere
que no estás más en esta casa.
Edwin Rendón (Colombia 1981)
Poema ¡Qué dicha vivir en este país tan bello! de Nicolás Suescún (Colombia 1937)
¡Qué dicha vivir en este país tan bello!
¡Que dicha vivir en este país tan bello
donde la gente ama tanto los toros
y la sangre en la arena!
¡Que bella la sangre, tan roja!
¡Que bueno vivir aquí
donde los policías juegan a la ruleta rusa
no apuntando el revólver
hacia su propia cabeza
sino hacia la cabeza de los adolescentes,
donde los asesinos ríen al matar
y acumulan cadáveres
que tiñen los ríos de púrpura
y nos cubren con un velo bermejo!
¡Que hermoso país es éste
con tantos matices del rojo,
aunque la sangre con el tiempo
se vuelva negra,
y aunque nuestras fiestas delirantes de alegría
las presida y clausure
el esqueleto del capuchón y la guadaña!
Nicolás Suescún
(Bogotá, 1937)
¡Que dicha vivir en este país tan bello
donde la gente ama tanto los toros
y la sangre en la arena!
¡Que bella la sangre, tan roja!
¡Que bueno vivir aquí
donde los policías juegan a la ruleta rusa
no apuntando el revólver
hacia su propia cabeza
sino hacia la cabeza de los adolescentes,
donde los asesinos ríen al matar
y acumulan cadáveres
que tiñen los ríos de púrpura
y nos cubren con un velo bermejo!
¡Que hermoso país es éste
con tantos matices del rojo,
aunque la sangre con el tiempo
se vuelva negra,
y aunque nuestras fiestas delirantes de alegría
las presida y clausure
el esqueleto del capuchón y la guadaña!
Nicolás Suescún
(Bogotá, 1937)
El reportaje
El reportaje
Poeta Rogelio Echavarría: defínase
¿Qué soy, sino por fin el que viaja con otros que no saben de dónde vienen más que evacuados de una mujer, ni a dónde van sino a ocupar el sitio que su sombra señala?
Poeta, ¿qué es para usted la muerte?
El día que pasa sobre el mundo como un pájaro.
Como poeta de este siglo espacial cuyas máquinas invadieron el cielo, ¿se siente nostálgico de la luna?
La luna seguirá siendo para mí a pesar de los rusos y de los gringos un reloj de limpia y tibia arena.
¿Cree en la necesidad de la «poesía comprometida»?
Todos luchan solos por lo que buscan todos juntos.
¿Cuál es y cuál ha sido la mayor ambición de su vida?
Llegar a viejo.
¿Y su mayor cualidad?
En ese espejo no me miro.
Entonces, ¿su peor defecto?
No perdonar a los demás lo que me perdono a mí mismo.
Si existiera la reencarnación, ¿qué le gustaría volver a ser?
Lo mismo, con otra cabeza
¿Qué es para usted el amor?
Es algo en lo que nada tengo adquirido, ni esperado. Y también: el amor es la muerte de la que los hombres fueron salvados y a la que siempre viven condenados.
¿Qué representa para usted la mujer amada?
Una soledad que prolongue la mía.
¿Qué valor ha tenido la poesía en su vida?
El valor de ser escuchado, cuando todos han dejado de oírme.
Poeta, ¿llegaría al extremo de cometer por amor un crimen pasional?
Tal vez en las novelas, o en el teatro, como Shakespeare con Otelo; o Sábato con Castel.
¿Qué considera lo peor del siglo XX?
El progreso de la ciencia en manos de Caín.
¿Para qué le gustaría vivir en el siglo XXI?
Para que me aumenten el sueldo.
¿De qué se siente orgulloso?
De algunos "títulos" no heredados ni adquiridos, pero hechos por mí.
¿Ama la soledad?
Eso depende del bar.
Pero usted dice en su libro «Yo soy el más solo entre los solos... »
Ah, sí, es que la poesía también es una gran soledad. La soledad no sé qué es, por eso estoy tan solo.
Y la libertad... ¿qué es la libertad?
Eso pregunto a los que han muerto por mí: ¿Qué es la libertad?
Poeta Rogelio: ¿iría a una guerra contra el comunismo para defender los valores de la cultura occidental?
Pero señor, usted me está confundiendo con John F... Johnson.
Si fuera al infierno y el diablo le concediera una gracia, ¿qué le pediría?
Un cuarto con ventilador.
¿A quién le concedería la Cruz de Boyacá?
Al que la inventó.
¿Con cuál de estos personajes le gustaría estar en una fiesta: el Sumo Pontífice, Sofía Loren, Jean Genet, Pablus Gallinazo, Cassius Clay o Corín Tellado?
Pues si la fiesta incluye misa... ¿qué tal pontificar con Sofía Loren?
Poeta Rogelio: como representante de la extinta generación «Cuadernícola», ¿qué importancia tiene para usted el nadaísmo?
Pues tanta, que no me explico por qué no está representado oficialmente en el gabinete milimétrico del presidente Valencia.
¿Cuáles son, en orden de importancia, sus cinco libros inolvidables?
Que recuerde, solo uno: el Catecismo del Padre Astete, que me hicieron aprender de memoria.
Si se pudiera leer en el otro mundo, ¿qué libro se llevaría?
El directorio telefónico.
¿Para qué?
Para el caso de que Gonzalo Arango quiera hacerme otro reportaje de estos, llamarlo y decirle que no estoy.
Está bien, poeta, lo dejo en paz. Por último: ¿cuál es la frase que más ha influido en su vida?
Pues la última que acabo de leer: "La madurez de un hombre comienza cuando advierte sus limitaciones".
Según eso, ¿considera que ha entrado definitivamente en una etapa de madurez?
Si así fuera, me habría ahorrado todas estas barbaridades.
De todos modos, poeta, usted es más grande que sus límites. Adiós.
Cromos N°. 2544. Bogotá, julio 4 de 1966. pp. 58-60
domingo, 29 de septiembre de 2013
Cuento Luvina de Juan Rulfo
Luvina
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
...Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.
-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.
“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:
-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
“...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo... siempre.
”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
“-Yo me vuelvo -nos dijo.
“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.
“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...
“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
“Entonces yo le pregunté a mi mujer:
“-¿En qué país estamos, Agripina?
“Y ella se alzó de hombros.
“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.
“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
“-¿Qué haces aquí Agripina?
“-Entré a rezar -nos dijo.
“-¿Para qué? -le pregunté yo.
“Y ella se alzó de hombros.
“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.
“-¿Dónde está la fonda?
“-No hay ninguna fonda.
“-¿Y el mesón?
“-No hay ningún mesón
“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
“-Sí, allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomándose para acá... Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
“-¿Qué país éste, Agripina?
“ Y ella volvió a alzarse de hombros.
“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
“-¿Qué es? -me dijo.
“-¿Qué es qué? -le pregunté.
“-Eso, el ruido ese.
“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?
“ Una de ellas respondió:
“-Vamos por agua.
“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
“...¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”
-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad... Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.
“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van... Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...
“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de Luvina.
“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’
“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.
“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.
“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.
“...Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’
En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo...
“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
“Pues sí, como le estaba yo diciendo...”
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.
FIN
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
...Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.
-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.
“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:
-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
“...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo... siempre.
”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
“-Yo me vuelvo -nos dijo.
“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.
“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...
“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
“Entonces yo le pregunté a mi mujer:
“-¿En qué país estamos, Agripina?
“Y ella se alzó de hombros.
“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.
“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
“-¿Qué haces aquí Agripina?
“-Entré a rezar -nos dijo.
“-¿Para qué? -le pregunté yo.
“Y ella se alzó de hombros.
“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.
“-¿Dónde está la fonda?
“-No hay ninguna fonda.
“-¿Y el mesón?
“-No hay ningún mesón
“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
“-Sí, allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomándose para acá... Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
“-¿Qué país éste, Agripina?
“ Y ella volvió a alzarse de hombros.
“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
“-¿Qué es? -me dijo.
“-¿Qué es qué? -le pregunté.
“-Eso, el ruido ese.
“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?
“ Una de ellas respondió:
“-Vamos por agua.
“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
“...¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”
-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad... Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.
“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van... Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...
“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de Luvina.
“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’
“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.
“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.
“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.
“...Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’
En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo...
“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
“Pues sí, como le estaba yo diciendo...”
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.
FIN
jueves, 26 de septiembre de 2013
Discurso Completo de Pepe Mujica en la ONU 2013
Y que tal si hoy escuchamos el discurso de éste gran hombre? Pepe Mujica, presidente de Uruguay nos muestra la realidad una vez más. Indiscutiblemente, para analizar.
martes, 24 de septiembre de 2013
Poema ¿Y si llevara tu nombre? de Rodolfo Lara Mendoza
¿Y si llevara tu nombre?
Vuelvo, para sentir de nuevo la misma brisa de entonces
y sobre mi cabeza el mismo cielo que tuvimos juntos
Respirar este poquito de aire
con un ligero asomo de humedad en mis ojos, y saber
de la inutilidad de mi voz en algunas circunstancias,
de la dudosa posiblidad de verte
a la vuelta de esta esquina de días contados,
del calibre exacto de lo que me espera
y de una bala perdida que tal vez ya no lleve tu nombre.
Rodolfo Lara Mendoza
Escritor colombiano nacido en 1973, Tiene publicado el poemario Esquina de días contados obra que resultó ganadora de la seg
unda convocatoria de premios y becas distritales a la creación y la investigación artísticas de la alcaldía de Cartagena de Indias, 2002.
Vuelvo, para sentir de nuevo la misma brisa de entonces
y sobre mi cabeza el mismo cielo que tuvimos juntos
Respirar este poquito de aire
con un ligero asomo de humedad en mis ojos, y saber
de la inutilidad de mi voz en algunas circunstancias,
de la dudosa posiblidad de verte
a la vuelta de esta esquina de días contados,
del calibre exacto de lo que me espera
y de una bala perdida que tal vez ya no lleve tu nombre.
Rodolfo Lara Mendoza
Escritor colombiano nacido en 1973, Tiene publicado el poemario Esquina de días contados obra que resultó ganadora de la seg
![]() |
| Álvaro Andrés Noreña (1979-2009) La 139, la misma dirección, los mismos personajes, el mismo desencuentro. |
Semblanza Alejandra Pizarnik
La poetisa que escribió la muerte
¿Cómo invocar a Pizarnik en una tarde fría y de invierno? ¿Será posible revivirla a través de mis lecturas?
Los años han pasado y ella se niega a ser olvidada, su memoria ronda aún por las calles del mundo. No quiere ser enterrada, renace cada que una persona toma uno de sus libros, lee uno de sus diarios o declama uno de sus poemas. Ella está hoy aquí, conmigo.
Los años han pasado y ella se niega a ser olvidada, su memoria ronda aún por las calles del mundo. No quiere ser enterrada, renace cada que una persona toma uno de sus libros, lee uno de sus diarios o declama uno de sus poemas. Ella está hoy aquí, conmigo.
Rápida, fugaz, intocable, impenetrable, así es Alejandra Pizarnik la joven poetisa argentina que puso fin a la carrera vertiginosa de su vida el 25 de septiembre de 1972 con apenas 36 años de edad.Esta parte no la quiero analizar, no me interesa refutar su decisión de suicidio, es más, me parece que ese era su destino irrevocable. Un lindo y seductor desenlace.
Ella no nació con la palabra VIDA en su léxico, por el contrario la muerte la deducía día tras día, era la muerte en cada uno de sus poemas, en sus textos, en su conducta. En su existencia.
“Alguna vez
Alguna vez tal vez
Me iré sin quedarme
Me iré como quien se va”
Muerte, tristeza, amor, hedonismo. Alejandra es el punto aparte de los poetas con y sin vida. Alejandra no llora, escribe.
"Cold in hand blues
Ella no nació con la palabra VIDA en su léxico, por el contrario la muerte la deducía día tras día, era la muerte en cada uno de sus poemas, en sus textos, en su conducta. En su existencia.
“Alguna vez
Alguna vez tal vez
Me iré sin quedarme
Me iré como quien se va”
Muerte, tristeza, amor, hedonismo. Alejandra es el punto aparte de los poetas con y sin vida. Alejandra no llora, escribe.
"Cold in hand blues
Y qué es lo que vas a decir
Voy a decir solamente algoY qué es lo que vas a hacer
Voy a ocultarme en el lenguaje
Y por qué
Tengo miedo"
Durante sus 36 años Alejandra tuvo problemas o trastornos mentales, estos la acompañaron hasta el día de su muerte.
¿Estaba loca? ¡Por supuesto que sí! Hay que estar loco para escribir, para hundirse en los pestilentes fangos de la literatura. Hay que tener un problema mental bien grande para atreverse a hacer del lenguaje un modo de vida.
Los de lo oculto
“…Para que las palabras no me basten es preciso
alguna muerte en el corazón.
La luz del lenguaje me cubre como una música…”
Ella, la poetisa del silencio.
Ella la mujer con mirada intranquila,ella no era,
ella no es,
ella no será.
¿Habrá sido un sueño su vida? ¿Habrá sido la noche? ¿El día? ¿La felicidad o la tristeza? Alejandra es un interrogante indestructible.
“Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte
…
Tal vez las palabras sean lo único que existe
En el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos
…
Alguna vez volveremos a ser”
Alejandra es ahora más que una poetisa, es un ser que se muestra eternamente enigmático ante mis fallidas investigaciones (si es que así se le puede llamar al hecho de intentar entender su conducta melancólica).
Su dolor es mi dolor,
Su palabra es mi palabra
Sus miedos son mis miedos,
Su ser, sus pensamientos
Esos, no le pertenecen a nadie.
Evocarla ahora es querer llorar. A veces me siento muy Pizarnik, me siento un poco “mujer con fotografías a baja exposición y un cigarrillo en la mano”, quizás esta es la principal razón de haberla elegido a ella entre tantos otros poetas y escritores.
Me empeño en buscarle una explicación sensata a su vida, pero nada en ella lo es. No debo mostrar a esta mujer como cualquier otra de su época, Alejandra me abruma con su temprana razón. Me cohíbe, me lleva a volar de la mano de su surrealismo. No quiero jugar con su pasado porque temo que ese sea mi futuro.
"25 de julio
Esta creencia mía de que escribiendo veré una señal, algo con que seguir. Nostalgia pura, en estado de pureza apremiante. El viento feroz, la cueva de arpías que me remite a mi llamada de cada día."
Alejandra, ¿Por qué no Flora? Su nombre original me transmite vida. Flora como la naturaleza; el bosque y el jardín del que tanto habla en sus poemas. Flora como la vida que se impone para crear otra vida. Flora como lo perturbable, lo fascinante, lo lleno de misterio acechante. Alejandra por el contrario y a pesar de ser un nombre tan común y corriente por estos días, me hace pensar en el silencio, en la soledad. Alejandra, ¡Que nombre tan seco! Carece de sonido, es como una de esas palabras mudas. A lo mejor por eso lo escogió, porque era un nombre banal y que pasaría inadvertido.
¡Vaya mezcla!
La vida y la muerte
La música y el silencio
Lo fascinante y lo oscuro
Flora y Alejandra.
Amarilla.
Voy a ocultarme en el lenguaje
Y por qué
Tengo miedo"
Durante sus 36 años Alejandra tuvo problemas o trastornos mentales, estos la acompañaron hasta el día de su muerte.
¿Estaba loca? ¡Por supuesto que sí! Hay que estar loco para escribir, para hundirse en los pestilentes fangos de la literatura. Hay que tener un problema mental bien grande para atreverse a hacer del lenguaje un modo de vida.
Los de lo oculto
“…Para que las palabras no me basten es preciso
alguna muerte en el corazón.
La luz del lenguaje me cubre como una música…”
Ella, la poetisa del silencio.
Ella la mujer con mirada intranquila,ella no era,
ella no es,
ella no será.
¿Habrá sido un sueño su vida? ¿Habrá sido la noche? ¿El día? ¿La felicidad o la tristeza? Alejandra es un interrogante indestructible.
“Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte
…
Tal vez las palabras sean lo único que existe
En el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos
…
Alguna vez volveremos a ser”
Alejandra es ahora más que una poetisa, es un ser que se muestra eternamente enigmático ante mis fallidas investigaciones (si es que así se le puede llamar al hecho de intentar entender su conducta melancólica).
Su dolor es mi dolor,
Su palabra es mi palabra
Sus miedos son mis miedos,
Su ser, sus pensamientos
Esos, no le pertenecen a nadie.
Evocarla ahora es querer llorar. A veces me siento muy Pizarnik, me siento un poco “mujer con fotografías a baja exposición y un cigarrillo en la mano”, quizás esta es la principal razón de haberla elegido a ella entre tantos otros poetas y escritores.
Me empeño en buscarle una explicación sensata a su vida, pero nada en ella lo es. No debo mostrar a esta mujer como cualquier otra de su época, Alejandra me abruma con su temprana razón. Me cohíbe, me lleva a volar de la mano de su surrealismo. No quiero jugar con su pasado porque temo que ese sea mi futuro.
"25 de julio
Esta creencia mía de que escribiendo veré una señal, algo con que seguir. Nostalgia pura, en estado de pureza apremiante. El viento feroz, la cueva de arpías que me remite a mi llamada de cada día."
Alejandra, ¿Por qué no Flora? Su nombre original me transmite vida. Flora como la naturaleza; el bosque y el jardín del que tanto habla en sus poemas. Flora como la vida que se impone para crear otra vida. Flora como lo perturbable, lo fascinante, lo lleno de misterio acechante. Alejandra por el contrario y a pesar de ser un nombre tan común y corriente por estos días, me hace pensar en el silencio, en la soledad. Alejandra, ¡Que nombre tan seco! Carece de sonido, es como una de esas palabras mudas. A lo mejor por eso lo escogió, porque era un nombre banal y que pasaría inadvertido.
¡Vaya mezcla!
La vida y la muerte
La música y el silencio
Lo fascinante y lo oscuro
Flora y Alejandra.
Amarilla.
Fábula
En un país lejano
un crítico decidió declarar a un amigo suyo
el poeta más importante de ese país
Pero otros poetas de ese país protestaron
Hubo entonces que declararlo
el poeta más importante de la ciudad
Pero otros poetas de esa ciudad protestaron
Fue declarado entonces
el poeta más importante del pueblito más lejano de ese país
Pero otros poetas de ese pueblito protestaron
Así se le declaró
el poeta más importante de aldea más lejana de ese pueblito
Pero otros poetas de esa aldea protestaron
Fue declarado finalmente
el poeta más importante de la cabaña de la colina más distante
de aquel cada vez más lejano país
Pero en esa cabaña
había un perro que le ladraba a la luna.
Gonzalo Fragui
un crítico decidió declarar a un amigo suyo
el poeta más importante de ese país
Pero otros poetas de ese país protestaron
Hubo entonces que declararlo
el poeta más importante de la ciudad
Pero otros poetas de esa ciudad protestaron
Fue declarado entonces
el poeta más importante del pueblito más lejano de ese país
Pero otros poetas de ese pueblito protestaron
Así se le declaró
el poeta más importante de aldea más lejana de ese pueblito
Pero otros poetas de esa aldea protestaron
Fue declarado finalmente
el poeta más importante de la cabaña de la colina más distante
de aquel cada vez más lejano país
Pero en esa cabaña
había un perro que le ladraba a la luna.
Gonzalo Fragui
Bajo una misma estrella
Pido perdón a la casualidad por llamarla necesidad.
Pido perdón a la necesidad en caso de equivocarme.
No se enoje la felicidad de que la tome por propia.
No me guarden rencor los muertos por apagarse en mi memoria.
Pido perdón al tiempo por la cantidad de mundo que no percibo por segundo.
Pido perdón al viejo amor por tener al nuevo por primero.
Perdonadme lejanas guerras por llevar flores a mi casa.
Perdonadme heridas abiertas por pincharme el dedo.
Pido perdón a los que claman de lo profundo por el disco con el minué.
Pido perdón a la gente en las estaciones por dormir a las cinco de la madrugada.
Perdóname, acosada esperanza, por reír de vez en cuando.
Perdonadme, desiertos, por no correr tras una cucharada de agua.
Y tú, gavilán, desde años el mismo en la misma jaula,
mirando inmóvil siempre al mismo lado,
perdóname, aún si eres un ave disecada.
Pido perdón al árbol por las cuatro patas de mi mesa.
Pido perdón a las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me dediques excesiva atención.
Seriedad, muéstrate conmigo generosa.
Misterio de la existencia, deja que te arranque algunos hilos de tu velo.
No me acuses, alma, que no te poseo con frecuencia.
Wislawa Szymborska
jueves, 14 de junio de 2012
Una película para "ángeles"
Der Himmel über Berlín, Cielo sobre Berlín o Las alas de Deseo es una película alemana de 1987 dirigida por Wim Wenders y ganadora en el Festival de Cannes de 1987 por mejor dirección.
Tiene una sinopsis que permite sentirse identificado, que de uno u otro modo refleja la realidad de muchos de nosotros, de los "ángeles" contemporáneos, de los que pasamos inadvertidos y somos invisibles para el resto del mundo humano.
Recomiendo observarla y deleitarse con la música, la escenografía, los personajes y por supuesto las palabras que ella nos ofrece a lo largo de su desarrollo. Sencillamente Cielo sobre Berlín es poesía convertida en un maravilloso Film de 128 min.
Amarilla.
Tiene una sinopsis que permite sentirse identificado, que de uno u otro modo refleja la realidad de muchos de nosotros, de los "ángeles" contemporáneos, de los que pasamos inadvertidos y somos invisibles para el resto del mundo humano.
Recomiendo observarla y deleitarse con la música, la escenografía, los personajes y por supuesto las palabras que ella nos ofrece a lo largo de su desarrollo. Sencillamente Cielo sobre Berlín es poesía convertida en un maravilloso Film de 128 min.
Amarilla.
Recorriéndote- Gioconda Belli
Quiero morder tu carne,
salada y fuerte,
empezar por tus brazos hermosos
como ramas de ceibo,
seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños
ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza
hurgando la ternura,
ese pecho que suena a tambores y vida continuada.
Quedarme allí un rato largo
enredando mis manos
en ese bosquecito de arbustos que te crece
suave y negro bajo mi piel desnuda
seguir después hacia tu ombligo
hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí
a ese lugarcito
-apretado y secreto-
que se alegra ante mi presencia
que se adelanta a recibirme
y viene a mí
en toda su dureza de macho enardecido.
Bajar luego a tus piernas
firmes como tus convicciones guerrilleras,
esas piernas donde tu estatura se asienta
con las que vienes a mí
con las que me sostienes,
las que enredas en la noche entre las mías
blandas y femeninas.
Besar tus pies, amor,
que tanto tienen aun que recorrer sin mí
y volver a escalarte
hasta apretar tu boca con la mía,
hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
hasta que entres en mí
con la fuerza de la marea
y me invadas con tu ir y venir
de mar furioso
y quedemos los dos tendidos y sudados
en la arena de las sábanas.
lunes, 23 de abril de 2012
The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore (2011)
Hoy en el día del idioma y del libro invito a ver este hermoso film de 15 minutos en donde nos muestran por medio de una excelente animación la manera de vivir y respirar por medio de los libros. Realmente vale la pena seguir el ejemplo de este hombre e imaginar nuestra propia aventura como lectores de una manera mágica y única.
lunes, 16 de abril de 2012
LA VIDA DEBERÍA SER AL REVÉS
Se debería empezar muriendo y así ese trauma quedaría superado.
Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día.
Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión.
Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro.
Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral.
Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar.
Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé.
Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc..
Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!
QUINO
Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día.
Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión.
Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro.
Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral.
Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar.
Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé.
Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc..
Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!
QUINO
viernes, 13 de abril de 2012
Poema La Salvaje Esperanza de Gonzalo Arango (Andes, Antioquia, Colombia)
LA SALVAJE ESPERANZA
Nos tratan de ignorantes y subdesarrollados, porque nos destruyeron,
arrasaron las raíces y los frutos de la cultura de América (el Dorado en
sabiduría), y nos negamos a sobrevivir con la cultura del asesino: La razón
y el fusíl.
Fundieron nuestros dioses en monedas de oro. Nuestros templos los
convirtieron en bancos. Nuestros palacios en burdeles del poder tirano.
¡Monstruosa iniquidad!
Los blancos dominadores forjaron las cadenas: Silenciaron nuestros cantos
cósmicos y condenaron al fuego del olvido la deidad que custodiaba el
destino y guiaba nuestros pasos por el astro: ¡La esperanza!
En su avasallamiento salvaje nos secaron las fuentes de la tradición y la
trascendencia y nos forzaron a sangre y fuego a la deserción de nuestro ser.
Mutilaron nuestros sueños. Cuando aullamos de sed se nos dio de beber en
los cántaros secos del código penal y el evangelio romano: El saqueo de los
vándalos del alma, la feroz inquisición, teología de bárbaros.
Éramos reyes y nos volvieron esclavos. Éramos hijos del sol y nos consolaron
con medallas de lata.
Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
¡ÉRAMOS FELICES Y NOS CIVILIZARON!
¿Quién refrescará la memoria de la tribu?
¿Quién revivirá nuestros dioses?
Que la salvaje esperanza siempre sea tuya querida alma inamansable.
Nos tratan de ignorantes y subdesarrollados, porque nos destruyeron,
arrasaron las raíces y los frutos de la cultura de América (el Dorado en
sabiduría), y nos negamos a sobrevivir con la cultura del asesino: La razón
y el fusíl.
Fundieron nuestros dioses en monedas de oro. Nuestros templos los
convirtieron en bancos. Nuestros palacios en burdeles del poder tirano.
¡Monstruosa iniquidad!
Los blancos dominadores forjaron las cadenas: Silenciaron nuestros cantos
cósmicos y condenaron al fuego del olvido la deidad que custodiaba el
destino y guiaba nuestros pasos por el astro: ¡La esperanza!
En su avasallamiento salvaje nos secaron las fuentes de la tradición y la
trascendencia y nos forzaron a sangre y fuego a la deserción de nuestro ser.
Mutilaron nuestros sueños. Cuando aullamos de sed se nos dio de beber en
los cántaros secos del código penal y el evangelio romano: El saqueo de los
vándalos del alma, la feroz inquisición, teología de bárbaros.
Éramos reyes y nos volvieron esclavos. Éramos hijos del sol y nos consolaron
con medallas de lata.
Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
¡ÉRAMOS FELICES Y NOS CIVILIZARON!
¿Quién refrescará la memoria de la tribu?
¿Quién revivirá nuestros dioses?
Que la salvaje esperanza siempre sea tuya querida alma inamansable.
Poema de José Saramago
JOSÉ SARAMAGO
¿Que cuántos años tengo? - ¡Qué importa eso! ¡Tengo la edad que quiero y siento! La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso… Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido... Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! ¡No quiero pensar en ello! Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros "que estoy en el apogeo". Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás! ¡Estás muy viejo, ya no podrás! Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada…, y otras... es un remanso de paz, como el atardecer en la playa...
¿Que cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas... ¡Valen mucho más que eso! ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
Pues lo que importa ¡es la edad que siento! Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso... ¿A quién le importa?!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento. Qué importa cuántos años tengo… o cuántos espero, si con los años que tengo, ¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!
¿Que cuántos años tengo? - ¡Qué importa eso! ¡Tengo la edad que quiero y siento! La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso… Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido... Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! ¡No quiero pensar en ello! Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros "que estoy en el apogeo". Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás! ¡Estás muy viejo, ya no podrás! Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada…, y otras... es un remanso de paz, como el atardecer en la playa...
¿Que cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas... ¡Valen mucho más que eso! ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
Pues lo que importa ¡es la edad que siento! Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso... ¿A quién le importa?!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento. Qué importa cuántos años tengo… o cuántos espero, si con los años que tengo, ¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!
domingo, 8 de abril de 2012
Carta de Gonzalo Arango a Arturo Echeverry Mejía
Querido Arturo:
Es terrible diciembre que se viene encima como un remordimiento por no ser ya niños. Se dijera que de enero en adelante uno envejece y va subiendo a la altura del tiempo para abismarse en la Navidad en espantosos recuerdos. En este tiempo cómo se envidia uno de la alegría de aquellos que no son propicios a la trascendencia del pensamiento, que dejan pasar todo sin averiguar su dolor como si el mundo fuera el juguete divertido que Dios le regaló al hombre cuando empezó el tiempo a ser una hazaña. Cómo nos duele a ciertos hombres ese juguete y cómo y cómo dependemos de él por el dolor que nos inflige, hasta ser sus victimas.
Estoy pasando ahora por una época dura, sin objetos que justifiquen esta desolación y este gasto de días miserables y estériles que no ofrecen ningún porvenir. Es el recomienzo de una duda antigua que no me abandona, excepto cuando me llega la certidumbre del amor. Pero cuando este no existe, yo me abandono a la desesperación más cruel y me ofendo con una tristeza negra como si yo fuera un enemigo. Es una especie de destruir los últimos vestigios de mi residencia en esta tierra que me deja por gozar muy poca alegría.
El extremo de esta amargura se me revela en mi absoluta impotencia para crear. Este oficio de ser a través del arte me pone al filo de una derrota total que me deja sin fuerzas para aceptar la vida, para perseverar en ella y para admitirle su sentido. Qué opinas de un cuento que tengo iniciado hace quince días, lo leo, trato de terminarlo, de corregirlo, y cuando empiezo se apodera de mí una inercia infecunda y lamentable que me hace abandonarlo y destruirlo, como si la vida se detuviera en mitad del camino y de la germinación con que el espíritu se alienta. Aún insisto, ante estos echos y ante los intentos fracasados, que se trata de una sensibilidad enfermiza y bastarda que no logra su justificación y que no alimentará ningún fruto sano. Tampoco espero claudicar, pero siento necesario abrir una pausa y tomar de cualquier parte un poco de fe que me ayude a no desesperar con tanta frecuencia de mi irrevocable intención en mi destino artístico. Creo que habrá que extremar esta desesperación, hundirla en la oscuridad, embotarla en la embriaguez, a los caballitos de la muerte, mezclarla al envilecimiento, perderla en la duda, preferir su destrucción a la esperanza engañosa que me haría aparecer como un resignado comediante.
Ahora se cambian los papeles, ese afecto gratuito en mi vocación de escritor que se me antoja imposible, para darle paso, en medio de tanta noche que me rodea, a una capacidad inagotable de sumergirme en la nada.
Me siento inútil y entre esta dolorosa infecundidad y falta de fe en mi mismo, alterno la embriaguez y la inconsciencia con la lectura. Esto significa que una potencia oculta, pero que yo no alcanzo a controlar, me sostiene aún en este equilibrio peligros en que juego mi destino y mi porvenir.
Estas líneas es lo único que escribo en varias semanas, pero solamente las escribo para ti, porque a nadie le interesa que yo esté tan realmente desesperado, y porque tú entiendes esto a través de la gran amistad que no une.
Cuando esté mejor volveré a escribir y quien sabe si esta situación sigue encadenándose sin fin, pero confiemos en que tanto sufrimiento junto no puede prolongarse sin que uno estalle primero en la locura.
Hasta entonces te abraza:
Gonzalo
Es terrible diciembre que se viene encima como un remordimiento por no ser ya niños. Se dijera que de enero en adelante uno envejece y va subiendo a la altura del tiempo para abismarse en la Navidad en espantosos recuerdos. En este tiempo cómo se envidia uno de la alegría de aquellos que no son propicios a la trascendencia del pensamiento, que dejan pasar todo sin averiguar su dolor como si el mundo fuera el juguete divertido que Dios le regaló al hombre cuando empezó el tiempo a ser una hazaña. Cómo nos duele a ciertos hombres ese juguete y cómo y cómo dependemos de él por el dolor que nos inflige, hasta ser sus victimas.
Estoy pasando ahora por una época dura, sin objetos que justifiquen esta desolación y este gasto de días miserables y estériles que no ofrecen ningún porvenir. Es el recomienzo de una duda antigua que no me abandona, excepto cuando me llega la certidumbre del amor. Pero cuando este no existe, yo me abandono a la desesperación más cruel y me ofendo con una tristeza negra como si yo fuera un enemigo. Es una especie de destruir los últimos vestigios de mi residencia en esta tierra que me deja por gozar muy poca alegría.
El extremo de esta amargura se me revela en mi absoluta impotencia para crear. Este oficio de ser a través del arte me pone al filo de una derrota total que me deja sin fuerzas para aceptar la vida, para perseverar en ella y para admitirle su sentido. Qué opinas de un cuento que tengo iniciado hace quince días, lo leo, trato de terminarlo, de corregirlo, y cuando empiezo se apodera de mí una inercia infecunda y lamentable que me hace abandonarlo y destruirlo, como si la vida se detuviera en mitad del camino y de la germinación con que el espíritu se alienta. Aún insisto, ante estos echos y ante los intentos fracasados, que se trata de una sensibilidad enfermiza y bastarda que no logra su justificación y que no alimentará ningún fruto sano. Tampoco espero claudicar, pero siento necesario abrir una pausa y tomar de cualquier parte un poco de fe que me ayude a no desesperar con tanta frecuencia de mi irrevocable intención en mi destino artístico. Creo que habrá que extremar esta desesperación, hundirla en la oscuridad, embotarla en la embriaguez, a los caballitos de la muerte, mezclarla al envilecimiento, perderla en la duda, preferir su destrucción a la esperanza engañosa que me haría aparecer como un resignado comediante.
Ahora se cambian los papeles, ese afecto gratuito en mi vocación de escritor que se me antoja imposible, para darle paso, en medio de tanta noche que me rodea, a una capacidad inagotable de sumergirme en la nada.
Me siento inútil y entre esta dolorosa infecundidad y falta de fe en mi mismo, alterno la embriaguez y la inconsciencia con la lectura. Esto significa que una potencia oculta, pero que yo no alcanzo a controlar, me sostiene aún en este equilibrio peligros en que juego mi destino y mi porvenir.
Estas líneas es lo único que escribo en varias semanas, pero solamente las escribo para ti, porque a nadie le interesa que yo esté tan realmente desesperado, y porque tú entiendes esto a través de la gran amistad que no une.
Cuando esté mejor volveré a escribir y quien sabe si esta situación sigue encadenándose sin fin, pero confiemos en que tanto sufrimiento junto no puede prolongarse sin que uno estalle primero en la locura.
Hasta entonces te abraza:
Gonzalo
viernes, 6 de abril de 2012
Cuento Eutanasia de Efe Gómez.
“EUTANASIA “
Francisco de Paula Nacianceno María Gómez Escobar “Efe Gómez” Fredonia, Antioquia, Colombia.
Paro el carruaje enfrente al blasonado pórtico. Saltó Isabel, aérea, ingrávida. Sus pies nerviosos, combos, entre la estrecha punta y el tacón esbelto de la charolada zapatilla, hirieron, en tropel sonoro, el marmóreo pavimento.
- Hemos llegado, abuelita - dijo volviéndose.
En el interior del carruaje, vieronse las manos de la anciana buscar, palpar, atrapar, ciegas, las manos de Isabel que a ella se tendían.
- Por aquí - dijo Isabel, guiando a la anciana.
Unida toda, ceñida totalmente a Isabel, sostén, amparo, corazón, ojos, universo integro de la anciana ciega y frágil, fueron ascendiendo, lentas, la monumental escalera que desde el umbral mismo empinábase magnifica.
- Aquí abuelita, descansa aquí un momento - dijo Isabel en voz muy queda.
- ¿Y ellos? ¿No han llegado ellos todavía?
Llevóse Isabel el índice a los labios .Pero al recordar que los ojos de la anciana cegados estaban para siempre, moduló un ¡chit! tan suave, que ni una arruga rizó el océano de silencio que por los ámbitos de los muertos salones, del patio inmensurable de las desiertas terrazas, se extendía .Alzó la anciana los hombres con un gesto de niño dócil en los labios.
Difundiose por el rostro divino de Isabel sonrisa de piedad que erró por aquel rostro infinitamente hermoso hasta extinguirse en las pupilas vueltas trágicas de súbito
- No se oye nada... ¿Es que no ha llegado nadie?
- Te vieron entrar, abuelita, y se han callado...
Allí están todos….casi todos………
-¿De veras? dijo temblando de alegría - . ¿Y a quiénes conoces?
- Mira……..allí están en aquellos palcos de la derecha, casi todos tus amigos porteños……..Ahora te saludan……..
La anciana se inclinó profundamente, y sus manos inefables, blancas y translúcidas, que besadas fueron por reyes y por héroes, devolvieron el saludo imaginario .
Y continuó Isabel hablándole, enumerando, piadosa, a los ausentes más queridos de su abuela. Y por el cerebro de la anciana surgiendo iban en sucesión divina los recuerdos……
Se veía joven , bella , espléndida , en sus giras triunfales , resonantes ,por las urbes que bordean el Atlántico , ese mar heredero del mar sagrado de los griegos ; de todo el Tirreno , mar divino , desde el día en que la humanidad se derramó a través de las columnas de Hércules hacia el incógnito Occidente ….
- Muerta la Duse –Continuó Isabel - La Sara muerta………de cuyas tumbas vienen ésos, en peregrinación……..ésos los supervivientes de tu edad……….Congregados están ahí , a tu vera …….Eres tu ya la sola que resta de la pléyade gloriosa …….Vienen a pedirte una limosna de arte………a pedirte que te dejes oír ……..ya te lo he dicho : quieren que dignes crear para ellos una escena …….la que tu prefieras del repertorio de los autores de tus tiempos .Luego que te hayan oído , se dispersaran otra vez por el mundo , felices de llevar en sus memorias el tesoro de tu voz , antes de hundirse en el silencio eterno .
Por sobre la balaustrada marmórea , criados silenciosos , arrojaban al patio , grande como una plaza de armas , nubes doradas de semillas de trigo .De súbito , como si la nube gloriosa que cruzaba por el cenit en ese instante se hubiera derruido y cayera en albos fragmentos , abatieron el vuelo sobre el patio , por el trigo atraídas, bandadas incontables de palomas .
Desapareció el suelo bajo la bullente muchedumbre.
- Empieza ya - dijo Isabel.
En voz débil comenzó la anciana, creaba una escena de amor de uno de sus autores preferidos .La Maga Ilusión fuela poseyendo.
Y se veía llena de vida y de belleza, frente a los públicos predilectos de su alma , haciendo vibrar los corazones hastiados de los vividores , dando vida a los sueños imprecisos de los corazones de las vírgenes ; prisionera entre esa red divina , inextricable , de vibraciones que se tiende , fluye , refluye , del publico al artista y del artista al publico .Su milagrosa voz - su corazón mismo hecho sonoro - era oleada de perlas que rodaran sobre placas de argento , que rodaran sobre cajas de guerra , que se deslizaran sobre sedas , que se pagaran sobre armiños , para surgir de nuevo en surtidores polífonos , divinos .
Sobre el muro frontero deslizáronse, silenciosas, dos puertas corredizas, y en los umbrales aparecieron cuatro halcones crueles, trágicos.
Con el vuelo de las aves de rapiña, mudo como el andar de los felinos, fueron a posarse sobre al barandal y clavaron sobre las palomas miradas de acero frías, duras.
Quedaronse inmóviles, quietas las palomas. Se oía el latir de sus corazoncitos asustados, como el galopar de escuadrones de centauros que cruzando fueran por los remotos horizontes….
Abatieron los halcones el vuelo sobre el patio: un huracán helado y seco soplando sobre un reguero de nieve….
Era el momento en que la anciana arrancaba las notas mas sublimes a su corazón y a su garganta……..
El batir de las alas azotando los pechos de las palomas espantadas, levantó un río como de aplausos desbordantes. Fue como si la humanidad entera, puesta en pie ante la anciana, le batiera palmas.
¡La apoteosis! - gritó la anciana desplomándose. La emoción había roto sus arterias.
Bendita seas, Virgen Santa. - clamó Isabel, piadosa, sin saber lo que decía……
Y sobre el azul glorioso de los cielos íbase ensanchando el cándido aplauso de las alas
Francisco de Paula Nacianceno María Gómez Escobar “Efe Gómez” Fredonia, Antioquia, Colombia.
Paro el carruaje enfrente al blasonado pórtico. Saltó Isabel, aérea, ingrávida. Sus pies nerviosos, combos, entre la estrecha punta y el tacón esbelto de la charolada zapatilla, hirieron, en tropel sonoro, el marmóreo pavimento.
- Hemos llegado, abuelita - dijo volviéndose.
En el interior del carruaje, vieronse las manos de la anciana buscar, palpar, atrapar, ciegas, las manos de Isabel que a ella se tendían.
- Por aquí - dijo Isabel, guiando a la anciana.
Unida toda, ceñida totalmente a Isabel, sostén, amparo, corazón, ojos, universo integro de la anciana ciega y frágil, fueron ascendiendo, lentas, la monumental escalera que desde el umbral mismo empinábase magnifica.
- Aquí abuelita, descansa aquí un momento - dijo Isabel en voz muy queda.
- ¿Y ellos? ¿No han llegado ellos todavía?
Llevóse Isabel el índice a los labios .Pero al recordar que los ojos de la anciana cegados estaban para siempre, moduló un ¡chit! tan suave, que ni una arruga rizó el océano de silencio que por los ámbitos de los muertos salones, del patio inmensurable de las desiertas terrazas, se extendía .Alzó la anciana los hombres con un gesto de niño dócil en los labios.
Difundiose por el rostro divino de Isabel sonrisa de piedad que erró por aquel rostro infinitamente hermoso hasta extinguirse en las pupilas vueltas trágicas de súbito
- No se oye nada... ¿Es que no ha llegado nadie?
- Te vieron entrar, abuelita, y se han callado...
Allí están todos….casi todos………
-¿De veras? dijo temblando de alegría - . ¿Y a quiénes conoces?
- Mira……..allí están en aquellos palcos de la derecha, casi todos tus amigos porteños……..Ahora te saludan……..
La anciana se inclinó profundamente, y sus manos inefables, blancas y translúcidas, que besadas fueron por reyes y por héroes, devolvieron el saludo imaginario .
Y continuó Isabel hablándole, enumerando, piadosa, a los ausentes más queridos de su abuela. Y por el cerebro de la anciana surgiendo iban en sucesión divina los recuerdos……
Se veía joven , bella , espléndida , en sus giras triunfales , resonantes ,por las urbes que bordean el Atlántico , ese mar heredero del mar sagrado de los griegos ; de todo el Tirreno , mar divino , desde el día en que la humanidad se derramó a través de las columnas de Hércules hacia el incógnito Occidente ….
- Muerta la Duse –Continuó Isabel - La Sara muerta………de cuyas tumbas vienen ésos, en peregrinación……..ésos los supervivientes de tu edad……….Congregados están ahí , a tu vera …….Eres tu ya la sola que resta de la pléyade gloriosa …….Vienen a pedirte una limosna de arte………a pedirte que te dejes oír ……..ya te lo he dicho : quieren que dignes crear para ellos una escena …….la que tu prefieras del repertorio de los autores de tus tiempos .Luego que te hayan oído , se dispersaran otra vez por el mundo , felices de llevar en sus memorias el tesoro de tu voz , antes de hundirse en el silencio eterno .
Por sobre la balaustrada marmórea , criados silenciosos , arrojaban al patio , grande como una plaza de armas , nubes doradas de semillas de trigo .De súbito , como si la nube gloriosa que cruzaba por el cenit en ese instante se hubiera derruido y cayera en albos fragmentos , abatieron el vuelo sobre el patio , por el trigo atraídas, bandadas incontables de palomas .
Desapareció el suelo bajo la bullente muchedumbre.
- Empieza ya - dijo Isabel.
En voz débil comenzó la anciana, creaba una escena de amor de uno de sus autores preferidos .La Maga Ilusión fuela poseyendo.
Y se veía llena de vida y de belleza, frente a los públicos predilectos de su alma , haciendo vibrar los corazones hastiados de los vividores , dando vida a los sueños imprecisos de los corazones de las vírgenes ; prisionera entre esa red divina , inextricable , de vibraciones que se tiende , fluye , refluye , del publico al artista y del artista al publico .Su milagrosa voz - su corazón mismo hecho sonoro - era oleada de perlas que rodaran sobre placas de argento , que rodaran sobre cajas de guerra , que se deslizaran sobre sedas , que se pagaran sobre armiños , para surgir de nuevo en surtidores polífonos , divinos .
Sobre el muro frontero deslizáronse, silenciosas, dos puertas corredizas, y en los umbrales aparecieron cuatro halcones crueles, trágicos.
Con el vuelo de las aves de rapiña, mudo como el andar de los felinos, fueron a posarse sobre al barandal y clavaron sobre las palomas miradas de acero frías, duras.
Quedaronse inmóviles, quietas las palomas. Se oía el latir de sus corazoncitos asustados, como el galopar de escuadrones de centauros que cruzando fueran por los remotos horizontes….
Abatieron los halcones el vuelo sobre el patio: un huracán helado y seco soplando sobre un reguero de nieve….
Era el momento en que la anciana arrancaba las notas mas sublimes a su corazón y a su garganta……..
El batir de las alas azotando los pechos de las palomas espantadas, levantó un río como de aplausos desbordantes. Fue como si la humanidad entera, puesta en pie ante la anciana, le batiera palmas.
¡La apoteosis! - gritó la anciana desplomándose. La emoción había roto sus arterias.
Bendita seas, Virgen Santa. - clamó Isabel, piadosa, sin saber lo que decía……
Y sobre el azul glorioso de los cielos íbase ensanchando el cándido aplauso de las alas
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